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Psicología e infertilidad

Psicología e infertilidad

16-11-2015

Son muchas las parejas que solicitan apoyo psicológico para afrontar sus problemas de fertilidad y ya existe una amplia experiencia por parte de los profesionales en este sentido. A través de este post, gracias a los estudios aportados por la psicóloga María del Mar Tirado, vamos a recorrer brevemente y con un tono más cotidiano que científico el conjunto de síntomas más frecuentes que encontramos en las parejas que se someten a tratamientos de fertilidad en cada una de sus fases.

La OMS (Organización Mundial de la Salud) incluye la Infertilidad dentro del grupo de enfermedades crónicas, si bien con ciertos matices, ya que no afecta a la funcionalidad de ningún órgano, no hay sintomatología ni dolor asociado, ni existe amenaza real para la propia vida. Cabe pensar que para tratarla como enfermedad crónica sin afecciones físicas reconocidas sus principales consecuencias deben ser de carácter psicológico.

Según los últimos estudios realizados en este ámbito, alrededor de un 40% de mujeres con problemas de fertilidad presenta algún tipo de trastorno psicopatológico, siendo los cuadros depresivos y los trastornos de ansiedad los más comunes. A pesar de ello tan solo el 6,7% de las mujeres decide acudir a un profesional en salud mental.

Vamos a tratar de describir cuáles son las principales alteraciones psicológicas en las distintas fases del tratamiento, empezando por la fase previa a cualquier tratamiento: el momento en que una pareja decide buscar su primer hijo. Nos encontramos instalados en la creencia de que “querer es poder”, y que solo con intentarlo lo lograremos con cierta facilidad. Cuando no ocurre lo esperado, se vive el deseo de la maternidad/paternidad de forma muy diferente, poniendo todo nuestro empeño a ello y destinando aún un mayor esfuerzo. Es en este momento cuando comienzan a aparecer los primeros desajustes emocionales, en forma de desconcierto, frustración y, en muchas ocasiones, sentimiento de culpa y pérdida de la autoestima, ya que consideramos que nuestra femineidad o masculinidad se encuentra íntimamente ligados a nuestra capacidad para procrear. Estas emociones aumentan a ritmos diferentes, acentuándose más en la mujer que en el hombre. Mes a mes, la llegada de la menstruación se recibe acompañada de una sensación de fracaso, tristeza y desaliento, estableciendo el escenario para la aparición de los primeros riesgos emocionales que pueden derivar incluso en conductas obsesivo-compulsivas, y hasta finalmente en un cuadro ansioso-depresivo.

Ciertamente no todas las parejas con problemas de fertilidad lo viven de igual manera; Gran parte es capaz de afrontar el impacto inicial y asumir su situación valiéndose de sus recursos adaptativos y apoyándose en un entorno social amplio.

La segunda fase, una vez asumida la situación, es la búsqueda de ayuda. El tiempo que nos tomamos en decidirnos depende de numerosos factores: el deseo ferviente de la maternidad, la edad, el grado de acuerdo con la pareja y nuestro mayor o menor conocimiento de la materia. En la mayoría de los casos es nuestro ginecólogo el que, tras su valoración clínica, aconseja dar el paso hacia un tratamiento de fertilidad. Surgen cuestiones como “¿Cómo nos puede estar pasando esto a nosotros?”, a veces unidas al sentimiento de culpa, los reproches… “¿Por qué he tardado tanto en ponerme a ello?” A partir de ahora, la relación de pareja y la implicación de cada uno de los miembros es fundamental. Con el tratamiento, aparecen también sentimientos más esperanzadores que habrá que tomar con la suficiente precaución para no caer en una expectativa desmedida que con el tiempo pueda llevar a una mayor sensación de frustración y desánimo.

La tercera fase, el tratamiento, suele iniciarse con ilusión, pero también con cierto temor al fracaso. Los días de estimulación son estresantes, pues son necesarias numerosas visitas a la clínica, faltar al trabajo y en muchas ocasiones ocultando el verdadero motivo de las ausencias. Los niveles de ansiedad aumentan en este período. Si por algún motivo nuestro tratamiento ha de ser interrumpido, la rabia y la impotencia vuelven a aparecer, acompañados a veces de un alto grado de pesimismo y la idea de “no lo vamos a conseguir nunca”. Si por el contrario el tratamiento sigue adelante, la paciente ha de enfrentarse al quirófano y a la posterior espera de resultados, fase de gran tensión emocional, donde se experimenta un carrusel de cambios que van de los sentimientos más positivos a los más negativos. En estos momentos la mujer muestra un interés inusitado por su propio cuerpo, buscando aquellos indicios que puedan confirmarle un cambio en su estado. Muchas pacientes han referido episodios de insomnio o ansiedad.

Quizá el momento más difícil es cuando debemos enfrentarnos al resultado. Cuando este es negativo, la tristeza y la desvalorización personal invaden a los pacientes. La autoestima disminuye y pueden aparecer síntomas de apatía y retraimiento. Por lo general, el hombre suele tener una respuesta más positiva, e incluso en el caso de frustración, su recuperación es más rápida. Además éste suele tener una visión más objetiva sobre las posibles soluciones al problema.

Lógicamente, tras un resultado positivo ocurre todo lo contrario y la primera reacción suele ser de gran alegría y euforia. Si bien en muchos casos esa primera alegría puede venir acompañada de cierto miedo, lo que en algunas mujeres puede suponer vivir el embarazo de forma inadecuada con procesos recurrentes de ansiedad.

Lo descrito hasta el momento, puede parecer ciertamente desalentador, pero quiero recordar que no siempre es así, y que en la mayoría de los casos en los que experimentamos estos sentimientos, nuestra respuesta es normal y vamos haciendo frente al proceso de manera efectiva, superando con suficiencia y madurez la situación, y contando con el apoyo de nuestro entorno más cercano los momentos más complicados.

Cuando no es así, sobre todo en tratamientos prolongados o tras numerosos ciclos fallidos, es muy importante reconocer el problema y entender que tiene solución y puede ser convenientemente tratado, por lo que mi recomendación será siempre la de recurrir a profesionales expertos en psicología reproductiva.

 

Dra. Julia Ramos, ginecóloga especialista en reproducción asistida en IVI Sevilla
 

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